CRÓNICAS: DeWolff. Sala López, 29/4/16

Me provocaba cierto miedo a ir a ver a Dewolff. Me pasa muchas veces que cuando asisto a un concierto de esos que dejan una huella profunda tengo la preocupación de que no se vuelva a estar a la altura y empañe el magnífico recuerdo que tengo en mi cabeza. Y es que este joven trío holandés logró hace dos años que su recital fuera uno de los mejores que vi en 2014 (junto con Malcolm Holcombe, ambos en La Ley Seca), sin a penas haber escuchado una canción suya. No fue una decisión errónea: los hermanos Van de Piel no han perdido esa inspiración que mezcla magistralmente el hard rock, la psicodelia y el blues.

La excusa de esta nueva visita (y llevan una por año) no es otra que presentar su más reciente trabajo, “Roux-Ga-Roux”, y saciar su hambre de directo, que es lo suyo. Porque una de sus virtudes, aunque también uno de los motivos que los pueden apartar de un público mayoritario, es la capacidad de regalar excelsos desarrollos y recrear una excitante sensación de improvisación, sacrificando a la canción en sí. Pero no se asusten, su objetivo no es demostrar innecesariamente su gran pericia de sus instrumentos para llenar su ego. Lo suyo, como ya he dicho, es crear desarrollos, atrapar al oyente y zarandearlo a su antojo, bien sea con cabalgadas eléctricas con la guitarra o con el gozoso sonido hammond.

A estas alturas su insultante juventud es lo de menos. Lo importante es que tres holandeses con guitarra, teclados y batería lograron volver a llevarse una sonora ovación de la Sala López (el mismo recinto de su anterior visita y con un público muy variado) y demostrar que el rock es ajeno a edades y modas. Queda mucho que decir y mejor si se hace con tal dominio de los instrumentos y del espectáculo.

Texto y fotos, Jaime Oriz

DeWolff

DeWolff. Sala López 29 de abril