CRÓNICAS: Ainara LeGardon y Stranded Horse, Centro Cívico Delicias, 24/4/2016

Permítanme que comience por el final, cuando Ainara LeGardon confesó que hará como unos doce años que no actuaba en Zaragoza (en el Mar de Dios, según un espontáneo que sí la vio en aquel entonces). Lo decía como avergonzada y, sin embargo, los que tenemos que pedir perdón somos el público zaragozano: por no conocer más a fondo su carrera y por no estar pendientes de cada paso suyo cuando sale de gira. Y el aquí firmante se incluye, por supuesto.

No nos lo tuvo en cuenta. Derrochó carisma, intensidad y ruido por igual, o sea, puro rock. Lo más fácil sería emparentarla con la PJ Harvey de “Dry”, pero sería muy injusto porque lo suyo va mucho más allá. Llámenlo slowcore, hardcore, post-rock, a su gusto; es lo de menos. Lo importante es que descubrimos a una artista que domina la explosiones de ruido, los silencios, las melodías y el vibrato de su voz de una manera que dejó al público exhausto. Hasta logró que tal formula resultase sencilla. También hay que decir que le ayudó mucho la férrea base rítmica que le acompañaba (con miembros de Maika Makovski y Cowboy Lovers).

“Every minute”, su ultimo trabajo hasta la fecha, es un magnífico disco, pero queda empequeñecido ante el poderío que desprende LeGardon sobre un escenario. La esperamos dentro de muy poco tiempo, y con los brazos abiertos.

No sería correcto decir que la actuación de Stranded Horse quedase eclipsada, pero sí que hubieran dejado más huella sin el huracán que arrasó tras su estimulante propuesta. Ya lo avisaban desde la propia página de Bombo y Platillo: “Se avecina una noche mágica”. Por momentos lo fue. El normando Yann Tambour lleva años rendido ante los sonidos de la kora y ha logrado crear un estilo muy propio mezclando tradición africana con el folk más vanguardita. Imagínense a José González de fiesta con Toumani Dibaté, no iran desencaminados.

Lejos de caer en un pastiche de difícil digestión, Tambour acompañado por el músico Boubacar Cissokho armaron una sólida fusión de estilos con resultados sorprendentes. Ya la versión de “Transmission” de Joy División, que abrió la noche, dio una pista de por dónde transcurriría la hora de actuación: melodías delicadas, absoluto respeto por la tradición sin dejar de mirar al futuro y una compenetración total. La recta casi final con Cissokho sólo a la kora fue de una belleza abrumadora.

Texto y fotos, Jaime Oriz