Nodozurdo. Domingo 12 de junio. Sala López.

La cantera de la nueva escena musical española parece no tener fondo y goza de una diversidad envidiable. Una de las revelaciones más destacadas de los últimos años, con una gran acogida entre los medios especializados y el público más abierto, han sido los madrileños Nudozurdo. Con tan sólo tres álbumes ya se han consolidado como una de las apuestas más seguras del momento, con sólidos trabajos de estudio y abrasivos conciertos. Su pop de guitarras enrevesadas con ecos de los 80 y las letras malsanas son sus señas de identidad y las claves de su éxito.

Nudozurdo siempre son solventes y poseen una gran capacidad para adaptarse a cualquier escenario, grande (Sonorama) o pequeño (La Lata de Bombillas), pero creo que donde mejor se puede saborear su esencia es en salas de medio aforo como la López, que sonó a la perfección (volumen alto pero con una nitidez en todos los matices). Leo Mateos, hierático como siempre (aunque por primera vez le vi hablar), y su banda se centraron en mostrar su último disco, el excelente y continuista Tara, Motor, Hembra. Golden Gotele, Prometo hacerte daño (¿uno de los temas del año?) y No me toquéis fueron de las primeras en caer y dejaron claro que la banda madrileña sigue provocando dolor. Y no me refiero solo al dolor producido por altísimo volumen, si no por sus descarnadas letras (a pesar de que en ocasiones es difícil entenderlas) y la oscuridad que desprenden. Con la lección bien aprendida, hicieron gala de su estudiada mezcla del pop, krautrock y el post punk (se pueden ver rastros tanto de la frialdad de Joy Division como de las guitarras de los primeros U2), con magníficos resultados.

Los momentos más esperados, los de su segundo disco, Sintética, se repartieron a lo largo de los 90 minutos de actuación: Mil espejos y Negativo sonaron tan radiantes como de costumbre, sin embargo, uno de sus mejores composiciones, la irresistible El hijo de Dios, recibió un lavado de cara (con un bajo casi inexistente, más etérea y con mayor presencia de guitarras) que no le sentó demasiado bien. Algunos de los presentes ni la reconocieron. De todas maneras, fue la única pega a un concierto intenso y abrasivo con las guitarras como claras protagonistas.

Texto y fotos: Jaime Oriz