Crónicas: MALCOLM. 10/3/2014 Ley Seca.

Parecía salido de una novela de John Steinbeck. Ese tipo de personajes que se recorrían la geografía estadounidense en plena depresión con guitarra en ristre colándose en los vagones de mercancías de los trenes para viajar de ciudad en ciudad. Malcolm Holcombe tiene fama de artista maldito, poco valorado por los grandes sellos aún estando apadrinado por Lucinda Williams y apoyado por Steve Earle y Emmylou Harris, pero plenamente consecuente con sus planteamientos. Figura romántica o no, lo que es innegable que su aspecto es por lo menos llamativo, con eso pantalones raídos a la altura de las rodillas y un cuerpo menudo, frágil, curtido. No menos llamativos eran sus ojos azules, punzantes, vivos, como los que puede tener alguien que ha mirado a la cara a las vicisitudes de la vida.

A las diez en punto empuñó su guitarra, se subió al escenario de La Ley Seca y durante hora y media hizo detener el tiempo para el medio centenar de afortunados que presenciamos su actuación. No le hace falta poseer un gran virtuosismo a la seis cuerdas, ni tener la mejor voz del mundo. En su interior tiene algo mucho mejor: la capacidad de parecer que se deja el alma en cada estrofa, en cada rasgueo de guitarra… y conseguir que cincuenta corazones se acongojen al mismo tiempo. Escupía, maldecía, gritaba, susurraba, taconeaba en el suelo, pero sin levantarse de la silla. Alguien lo definió como el “Tom Waits de los Appalanches” y no va desencaminado, pero Holcombe ha mamado más del country clásico americano, lo ha asimilado y le ha sabido imprimir un folk propio que, además, sabe mirar de reojo al blues. Las otras claves de su éxito: el perfecto manejo del ritmo con sus pies y golpeos a la guitarra y la versatilidad de su mano derecha al arpegiar.

Su último disco, “Down The River”, se publicó hace dos años ya, pero no es problema para un artista acostumbrado a vivir en la carretera de manera casi constante y que es consciente de que no tendrá un disco considerado una obra maestra pero sí un repertorio consistente que no conoce altibajos. Pero, ojo, que por momentos saca la garra y demuestra que podría conquistar a un público mayor, como demuestra con la magnífica “Twisted arms”. Igual de encantador en los medios tiempos (esa voz ganada a base de beber litros de Bourbon…) como en los momentos más desmelenados, la actuación se saldó con un éxito incontestable. Hace escasos días tres chavales de Holanda dejaron el listón muy alto con la intención de convertirse uno de los conciertos a recordar este 2014,  pero un señor mayor de Ashville ayer les dijo que no canten victoria todavía.

Texto y fotos, Jaime Oriz

Malcom